Arquitectura Románica
- Pianista Frustrada

- 11 ene 2021
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Dado el culto a los objetos sagrados en el románico, los templos ya no son sólo la casa de dios, sino el lugar para preservar los cuerpos de los santos, lo que demanda nuevos estilos arquitectónicos.

Dada las peregrinaciones llevadas a cabo en esta época, el espacio debe modificarse para promover la participación activa de los fieles, un asunto retomado por los romanos, por lo que el edificio se transforma en un organismo diferenciado, pues ofrece espacios distintos pero unidos entre sí. Surgen elementos como el crucero (espacio definido por la intersección de la nave principal y la transversal o transepto), la girola (un espacio transitable semicircular), los absidiolos (volumen sobresaliente que aloja una pequeña capilla secundaria) y la torre para guiar a los peregrinos. Las girolas específicamente son una gran estrategia arquitectónica para este fin espiritual, ya que favorecen el paso de peregrinos sin interrumpir las celebraciones cotidianas.

El ábside (parte principal de la iglesia) se une a la girola de dos maneras: con una estructura de soportes y arcadas, con lo que ambos se comunican, o con un muro que los aísla completamente. Ahora, también en los absidiolos, en las naves colaterales y en las tribunas se emplea la bóveda de cuarto de esfera o de horno, con dos misiones: una técnica, porque lleva el peso de la bóveda principal al muro, y otra decorativa, porque se reviste de pinturas. Para el cuadro del crucero se reserva la cúpula, que se alza sobre el tambor, muro circular si se usan pechinas, como en Bizancio, o poligonal si se prefieren trompas. La dependencia recíproca de todos los elementos en la estructura románica, con esa concentración y traspaso de los empujes, permite hablar por primera vez del edificio como un organismo articulado.

En el Románico, el hombre pasa a la acción, que se concreta en buscar a Dios para que éste venga a la tierra. Que el hombre avanza sin cesar de modo constante se manifiesta en el eje longitudinal de las naves y en la compartimentación rítmica de la bóveda de cañón. Que el hombre mientras avanza mira al cielo con el deseo de encontrar a Cristo se expresa en las torres. Pero, en definitiva, el hombre camina solo aún y en esa soledad siente que Dios, aunque lejos, no lo está tanto como en el Paleocristiano, pues le acompaña en cada paso que da para protegerlo de los peligros que le acechan.

Se emplean contrafuertes en las paredes exteriores para dar mayor soporte y ventanas pequeñas para no debilitar los muros, por lo que el interior es oscuro y reservado. La iglesia románica surge entonces para ofrecer al hombre esta seguridad. Con su estructura cerrada y consistente, igual que un castillo feudal, revela la interiorización por la que el creyente debe acercarse a Dios, pensamiento cristiano vigente en la época que, con raíces platónicas, parte de lo inmaterial (lo perfecto e ideal) y termina en lo material (lo sensible y degradado).


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